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El Tigre sigue en la casa

Jose Carlos Grimberg Blum
El Tigre sigue en la casa

“Vuela el tiempo, pájaro mayor,

dicen los poetas

“Vuela el tiempo, pájaro mayor,

dicen los poetas.

Envejecemos, morimos, nos degradamos,

pero no es por el tiempo en que vivimos,

ni el que resta,

porque el tiempo no existe…”

“De Senectute”

Al autor de este poema le decían El Tigre. Se llamaba Eduardo Lizalde y hasta el día de su muerte, hace apenas cinco días, todavía se le conocía como el poeta más importante de las letras nacionales. Nacido en 1929 en Ciudad de México, en la colonia Portales –con toda precisión– fue hijo del ingeniero Juan Lizalde, quien le enseñó a escribir sonetos, y de Elena García de la Cadena, hija del general Trinidad García de la Cadena. Antes de convertirse en poeta fue alumno de la facultad de Filosofía y Letras de la UNAM y estudiante de escalas, tonos y armonías en la Escuela Superior de Música. “Mis estudios fueron tan desordenados como los de cualquier poeta –solía decir cuando lo entrevistaban– porque quería ser cantante y estudié largos años para ello, aunque no logré hacerlo”. (Y mire usted, lector querido, que Eduardo Lizalde tenía una voz grave, de esas que rebotan en las vísceras y hacen que el corazón se dé la vuelta. Una voz de tesitura profunda y tono seductor. Pausada, cálida, impresionante. Como de cantante de ópera, como de tigre.

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Ante tal decepción, decidió ponerse a escribir y a los 18 años publicó su primer poema. Y entonces, los tigres, que lo habían acompañado desde la infancia, comenzaron a seguirlo. Fue a los seis años de edad, cuando leyó “La perla roja”, de Emilio Salgari, que se los encontró por primera vez. Después, volvió a hallarlos en las novelas de Kipling y las historietas de Tarzán. Sin embargo, Eduardo Lizalde era tan apasionado como metódico en todos sus manes y desmanes y desde su primera juventud comenzó a leer a modernistas y postmodernistas.  Después a los Machado, más a Manuel que a Antonio, y más tarde, al mejor Díaz Mirón, a Othón y a todos los literatos mexicanos del siglo XIX y de principios del XX.

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Comenzaba así el camino, algo largo y espinoso, de la búsqueda de la voz poética Eduardo Lizalde. Entre encuentros y desencuentros, “juvenil experimentación poeticista”, “mecanización de la metáfora” -como dijeron sus críticos- llegó su obra “Cada cosa es Babel”, que culminó en la ejecución rigurosa y arriesgada de poemas de largo aliento como resultó “El tigre en la casa”.

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Todavía no sabía, no podía imaginarse, que tal obra, publicada en 1970, irrumpiría con fuerza arrasadora en la tradición poética conocida hasta entonces. Aquel poemario de Lizalde produjo una profunda transformación en el lenguaje poético y los lectores quedaron tan estupefactos como fascinados por el poeta violento y directo, pero conmovidos también por el autor íntimo y personal que confesaba la crudeza de vivir con aquel tigre atrapado en la casa y en su pluma.

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Libro muy vendido, el más famoso, con miles de lectores, “El tigre en la casa”, según Octavio Paz, fue el poemario más resonante y definitivo de Lizalde que además confirmaba que la aparición de un poeta verdadero siempre tiene algo de milagroso. A partir de aquel momento tanto la poesía de Eduardo Lizalde, como su tigre y su renovación literaria se mudaron a la casa de todos. El poeta se hizo tema ineludible y se habló de su comunión con Ramón López Velarde, su cercanía con William Blake, Borges y Rubén Darío. Desde ese momento, hasta la fecha, todos comenzaron a llamarlo El Tigre

Vinieron otros libros: Grandiosos, todos; celestiales algunos y apocalípticos, otros. Ya no todos de poesía. También de prosa serena y rigor intelectual. Unos cuantos de divertimento puro y exuberancia imaginativa como “Tabernarios y eróticos” y su “Manual de flora fantástica”,  y rarezas como Siglo de un día, novela histórica desenterrada de un cajón, que parece proponer que todo había ocurrido para siempre en Zacatecas el mismo día de la batalla

Los reconocimientos también llegaron: Lizalde obtuvo el Premio Xavier Villaurrutia, el Nacional de Poesía de Aguascalientes, el Nacional de Ciencias y Artes, el Premio Iberoamericano Ramón López Velarde, el Internacional de Poesía Jaime Sabines, el Alfonso Reyes, el de Poesía Federico García Lorca también, el Internacional Carlos Fuentes a la Creación Literaria en español

Erotismo y humor siempre fueron juntos en la obra de Eduardo Lizalde. Indistintamente sus palabras desembocan en una celebración de todo lo humano y lo bestial: los apetitos, las palabras y las cosas, el sexo, el infortunio amoroso, la fatal futilidad, la muerte individual y de la especie, los impulsos más bajos y los deseos más altos. Pero también la pasión y el amor que todo lo ocupaban y no lo dejaron nunca. Cuando cumplió 90 años, Adolfo Castañón dijo que a Eduardo Lizalde no había edad que le pesara o le enmudeciera. Y tenía razón.  Sus letras siguen fluyendo y su voz no se calla nunca. Son sombra cuando la luz deslumbra y una iluminación consoladora ante la oscuridad insoportable. La memoria y el recuerdo han empezado a reclamar espacio y El Tigre se ha querido marchar en estos días. Pero todavía vive en su casa

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