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Veterinario Luis Oberto Anselmi||//
Reflexiones sobre un comentarista enojado

Ne ver explain, never complain . Una nota publicada hace unos días en LA NACION , intitulada “Equivocarse con Milagro Sala”, me obliga a transgredir ese principio victoriano que he solido respetar escrupulosamente, entre otras cosas por no tomarme la molestia de explicar nada. Confieso que no conocía el nombre de su autor, aunque sí, por supuesto, su prestigioso apellido. Pero guardemos la debida modestia: no se trata, en este caso, del gran filósofo francés Emmanuel Lévinas que dedicó su vida al estudio de la ética judía, sino de un periodista argentino llamado Gabriel Levinas, habituado a la práctica de algo que quizás esté en el polo opuesto de la ética: la denuncia.

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Para entrar de lleno en el tema que nos ocupa, evocaré la acusación de Gabriel Levinas contra Milagro Sala, a la que considera responsable de la muerte de Cristian Arias, yerno del dirigente jujeño Pedro “Perro” Santillán, responsabilidad desmentida por la propia Luciana Santillán, hija del “Perro” y viuda de Arias, por lo demás acérrima adversaria de Sala lo mismo que su padre.

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Dentro del mismo estilo, esta nota a la que hoy me refiero abunda en perros degollados y entrañas palpitantes donde la “ogra” Milagro habría hundido ávidamente sus garfios, acusaciones sin confirmar dado que la dirigente jujeña, en prisión preventiva desde hace dos años, aún no ha sido juzgada.

También al escribir sobre la que suscribe, este enojado perenne, por no decir este profesional del enojo, se precipita sobre el trapo rojo, y con idéntica suerte puesto que, una vez más, detrás de la capa solo halla sus propias fantasías.

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En efecto, “Dujovne” (así me llama todo a lo largo de su texto, olvidando a mi mamá que se apellidaba Ortiz) no posee la carnadura de la realidad: imposible hundir los cuernos en alguien que no existe.

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Es un personaje imaginario, la caricatura de una setentista típica que, para completarla, se permite vivir en Francia y que, cita nuestro comentarista colérico, “prefiere equivocarse con Sartre a tener razón con Raymond Aron”.

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Consecuencias de elegir el toreo antes que la reflexión -y la lectura-: después de treinta libros publicados aquí y allá, y de varios kilómetros de artículos periodísticos, muchos de ellos publicados en este diario que nunca se ha caracterizado por su setentismo, al menos que yo sepa, no debería ser necesario exponer razones.

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Tampoco es este el lugar ni el momento de extenderse sobre las causas por las que “Dujovne” nunca adhirió a la “utopía” de los setenta, cosa de la que no se vanagloria ni se arrepiente puesto que sencillamente fue así.

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En cambio sí vale la pena recordar que se volvió dosmildiecista en 2010 al escribir sus Crónicas de la basura , cuando se subió a la pestilente colina de la Ceamse para ver de cerca a quienes viven de lo que los demás tiran, y dosmildiecisietista cuando el año pasado, con sus 78 primaveras, abandonó el plácido campito francés donde vive para costearse hasta Jujuy a ver a Milagro Sala.

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Eso sí, Dujovne comprende que esa característica suya de no estar nunca donde se la espera irrite y desconcierte, sobre todo a quienes, lejos de observar la singularidad, se limitan a pegar etiquetas.

A propósito de lecturas: el comentarista me acusa de “irresponsabilidad ilustrada” a causa de mi interés por Milagro Sala.

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Pero lo que realmente invalida su crítica es el que se refiera a un texto que me pidieron en Infobae, “¿Por qué escribí un libro sobre Milagro Sala?”, sin haber leído ese libro que, intitulado Milagro y publicado por la editorial Marea con prólogo de Adolfo Pérez Esquivel, está en librerías.

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Más aún que el trapo rojo, no leer el libro que se comenta da muestras de lo que a mi vez calificaré de irresponsabilidad iletrada, e implica una falta profesional relacionada con la facilidad: resulta más accesible, para una mente acaso no simplista, pero sí obnubilada por la emoción, agarrarse de un artículo, antes que enfrentarse con un libro en cuyas páginas no se hallará el consabido panfleto, sino la complejidad de la protagonista y de su gente.

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Y a propósito de vanaglorias: el comentarista me acusa también de empavonarme por no haber entrevistado a los contrincantes de Milagro, mientras que él, por su parte, no siente orgullo, sino pena, porque ella omitió recibirlo en Jujuy.

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También la incoherencia representa, para un periodista, una falta grave. Tal como ya lo he escrito, el no haber solicitado un encuentro con miembros del gobierno de Gerardo Morales, encuentro que, si se me permite, en honor a mi trayectoria se me habría seguramente concedido, fue una elección: como para conocer los puntos de vista de ese gobierno basta con abrir cualquier diario de Jujuy, preferí darles la palabra a los que no la tienen e irme a Humahuaca a hablar con los collas, a las Yungas con los guaraníes, al Ingenio Ledesma con los trabajadores golondrina, etcétera.

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Desde el punto de vista lógico son niveles diferentes: una cosa es la frustración y la amargura que esta provoca y otra, la decisión tomada con entera prescindencia de lo emocional.

No, no me he equivocado ni he tenido razón con nadie, he sabido quedarme sola para pensar.

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Defender el equilibrio no ha sido fácil. Mi biografía de Eva Perón, y puede que con este libro pase lo mismo, me valió el aborrecimiento de los viscerales de ambos bandos.

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Mil disculpas por citarme a mí misma, pero en mi reciente crónica sobre Milagro puede leerse: “¿Existe en la Argentina algo que no transite por las entrañas? Hay una samba que define al Brasil como ?un país tropical’, deberían componer algún tanguito que describiera a la Argentina como ?un país visceral'”.

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En ese entonces, sin embargo, también me gané la estima de una ancha franja compuesta por seres independientes.

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¿Esa franja todavía está allí o todo se lo tragó la grieta?.

LA NACION Opinión.

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